martes 1 de diciembre de 2009

Engañado



¿Por qué no?, hoy parece un buen día para salir y darme a conocer a los demás, mostrar el brillo especial de mi rostro nacarado y las ganas de vivir que tengo; además, aquí dentro ya me agobio y siento que necesito algo nuevo, experiencias distintas.

Aquí estoy, me ha costado llegar pero aquí estoy. Este lugar no lo conocía de antes; me siento como el tío explorador de uno de los personajes de aquella serie que echaron ayer en la tele por cable, ¿cómo se llamaba?, Los Fraguel, eso es, Fraguel Rock. Yo no estoy acostumbrado a estos espacios tan abiertos y aireados, tan distintos al agujero donde vivo.

Los dos soles atacan con su poder mi tersa piel y siento un calor de mil demonios. De repente comienza a llover de manera apocalíptica como si fuera el día del juicio final en un país tropical en la estación de lluvias, y el caso es que esos dos discos de helio siguen brillando con fuerza.

Ya pasó, se paró el diluvio, pero ahora azotan los caprichos del Dios Eolo con toda su furia, como vengándose por algo que le molestó enormemente, menos mal que soy robusto y fuerte y sigo firme al suelo hasta que por fin llega la calma, lo mejor es que el vendaval de aire tórrido ha hecho que me seque del todo. Es extraño clima el de este lugar, tan extraño que de repente una nube parda asoma sobre mí; debe ser que el viento ha traído la calima desde norte de África. El caso es que me he puesto perdido, estoy cubierto hasta arriba de ese polvo marrón tan fino y denso a la vez, y tan pegajoso que parezco sacado de una de esas escenas cutres de las películas de “serie b”. Pero no me importa, tengo recursos suficientes para salvar estos contratiempos, así que me sacudo un poco y por lo menos me quito lo más gordo de este engrudo.

Ahora el aire es más fresco aún, se oye más alboroto, el ruido de los coches, la gente hablando, un martillo neumático picando sobre la acera... y yo más chulo que un ocho, cubierto de este fiemo parduzco, pero tan tieso como un guardia urbano bajando de la moto para denunciar a un pobre infeliz.

Ya en el autobús me siento más incómodo, el aire está tan cargado o más que el de mi lugar de origen, y ese olor a tapicería rancia..., insoportable. Además noto que la gente me mira entre risitas y comentarios, y no debe ser por el polvo pegajoso que me cubría porque he conseguido quitármelo todo (ya he dicho anteriormente que me sobran recursos). El caso es que esas miradas fijas, burlonas y quevedescas se me clavan como dagas que me dicen que estoy de sobras en ese lugar. Miraditas de desprecio a mí, con lo que yo he sido. Así que no me amilano y respondo con el gesto más insolente que jamás se pudo ver, y me crezco, sí, eso hace que me crezca, pero es sólo un falso reflejo de lo que realmente siento por dentro. Esas miradas me han hecho daño y pensando en ello me desmorono y siento la necesidad de volver a mi lugar de origen porque esto no es lo que yo imaginaba, me siento desplazado y rechazado por los demás, vuelvo a sentir ese agobio que me llevó a explorar el exterior, pero ahora en un sentido totalmente contrario al originario. Siento que incomodo. Quiero esconderme para siempre.

Sí, me vuelvo al pueblo. Intento salir corriendo pero no puedo, me estoy poniendo muy nervioso, ni siquiera puedo moverme y paso así varias horas, luchando contra algo que parece inevitable.

Otra vez esos dos discos ardientes y en medio un espejo, no había reparado en ello esta mañana, y un grifo, y un peine, un secador, una toalla y coloretes... ahora todo encaja, aquellos soles abrasadores, la lluvia, el vendaval y la nube de polvo parduzco. Algo no va bien, lo presiento, esto se acaba. De repente me doy cuenta que estoy al borde de un precipicio sin nada abajo, no se ve el fondo, ¡por favor, quiero salir de aquí!.

¿Quién es esa chica del espejo?. Noto opresión en las sienes y siento que mi cabeza va a estallar, ¡sí, va a estallar!, ¡no!, ¡no!, ¡por favor!, ¡no he hecho nada malo, dejadme!, ¡dejadme!. ¡Sólo soy un simple grano en la punta de una nariz!.



viernes 9 de octubre de 2009

Leonard Cohen



Hay grupos de música y cantantes a los que jamás les he comprado un disco o he acudido a sus conciertos pero que, cuando suenan en el transistor, aparecen en medio de un interminable zapeo o en el hilo musical del híper de turno, no puedo evitar oírlos con auténtico deleite, y en el caso de este artista, incluso con serenidad, calma y paz.

Leonard Cohen es uno de esos, con su voz grave casi de ultratumba, sus varias docenas de años, es capaz de aguantar tres horas en el escenario haciendo las delicias de los presentes.

Aprovechando su gira por España, os propongo este vídeo, disfrutadlo.

Un saludo.







domingo 13 de septiembre de 2009

Nessun dorma


El pasado día seis se cumplieron dos años de la muerte del gran tenor Luciano Pavarotti, y como homenaje me gustaría que disfrutásemos de la que sin duda es la pieza más representativa del italiano, el aria de Puccini Nessun Dorma (que nadie duerma). Inconmensurable.

Un saludo.